Sociedad
Hace 25 años, Ariel Rivero creó un espacio para homenajear a sus compañeros de combate y a quienes perdieron la vida. El exmarino se impuso el objetivo de "malvinizar" a la provincia de Corrientes y a toda Argentina
2 de abril de 2025
El 5 de abril de 1982, Ariel Ernesto Rivero llegó a las Islas Malvinas, donde la guerra había comenzado tres días antes. "Cuando llegué vi que el terreno era duro. El sonido de la noche era terrible: se escuchaban las explosiones de la artillería naval británica, eran algo que no se puede explicar. Te atraviesan... El miedo siempre estaba presente", admite 43 años después y en un corte que hace entre los preparativos para la conmemoración de un nuevo 2 de abril.
Hace 25 años comenzó a reunir objetos de la guerra porque los quería exhibir: el que abrió el camino "de hormiga", dice, fue el casco que usó durante el conflicto. Luego, comenzó a recibir donaciones de sus compañeros veteranos y de algunos familiares. Fue así como puso sobre sus hombros el objetivo social de "malvinizar", asegura. Porque, pese a que en el último Mundial de Fútbol se escuchó repetidamente la frase "de los pibes de Malvinas que jamás olvidaré", el hombre que hoy tiene 62 años lamenta la realidad que les tocó vivir: quienes regresaron fueron escondidos y dejados de lado bastante tiempo; y aunque en las escuelas se hable de la guerra de la que fue parte y que lo marcó para toda la vida, "no se cuenta lo suficiente", lamenta.
Por eso, es que decidió armar un museo itinerante para relatar, por medio de los objetos usados en las islas, lo qué vivió allí y hacerlos protagonistas de las charlas que brinda para estudiantes de los últimos años de la escuela primaria como en los colegios secundarios y donde lo llamen. Los recuerdos que lo acompañan para él son suficientes: "No volví a Malvinas. No necesito hacerlo", asevera.
La guerra que aún le duele duró 74 días, durante los que se produjeron combates por tierra, mar y aire. Hubo enfrentamientos como los de San Carlos, Monte Longdon, Goose Green y Puerto Argentino. Allí quedaron sepultados 649 soldados argentinos.
"Arranqué con mi casco, un M1; una palita de campaña, una olla de 50 litros", cuenta Ariel sobre los primeros objetos con los que comenzó la colección que hoy guarda en una habitación de su casa en Corrientes. Allí reúne uniformes de combate, utensilios de campaña, insignias y varios cascos, todos cargados de un peso emocional y simbólico. El museo no tiene sede fija ni página web: cobra vida cada vez que Rivero recibe una invitación. Entonces, carga en su vehículo las piezas que selecciona con cuidado y recorre escuelas, cuarteles y todos los pueblos del interior a los que pueda llegar.
El inicio fue el 2 de abril de 2000 cuando con sus compañeros veteranos organizaron una merienda patria para los más chicos: "Les dimos chocolate caliente y facturas. Y esa fue una manera de empezar a hablar de Malvinas por el barrio, porque estaba un poco olvidada la causa Malvinas. Y no paramos: creció el museo y la cantidad de litros de chocolate patrio. Esa es a gran tarea malvinizadora que tenemos".
Cada objeto que comenzó a recibir deja una huella tangible de las vivencias de cada veterano: un pasamontañas usado en la turba malvinense, una cantimplora con número de serie, una brújula, un fusil descargado. "Tengo muchísimas cosas que me donó gente de la Armada, de buzos tácticos, de la Infantería de Marina, a donde yo pertenecía. Incluso también algunas cosas del Ejército", detalla.
La primera donación que recibió le llegó de manos de un suboficial retirado. "Era un hombre muy anciano que llegó cuando estábamos haciendo el chocolate para los chicos, un 2 de abril. Se presentó y me dijo que tenía un montón de cosas, pero que sus hijos no les daban importancia. Me dijo, lo recuerdo muy bien: 'Antes de que mi hijo tire todas mis cosas, que tanto atesoré, te las dono todas para tu museo'. Por supuesto que le dije que sí. Quise hacer un papel con todas las donaciones por si él o su hijo se arrepentían, y quería recuperarlo. Todavía tengo todo conmigo", cuenta y dice que nunca nadie le pidió que devolviera alguno de los objetos donados.
El primer lugar donde intentó dejarlo como una exhibición permanente fue en el edificio donde vivía: "Acondicioné la parte de abajo de mi edificio. Había quedado armado para que las personas que deseaban visitarlo pudieran ir. Inclusive estaba pensado para los chicos de las escuelas. Ahora, lo tengo en mi casa, en un espacio que armé y cuando me llaman para mostrarlo, lo llevo", explica.
El museo, en sí, no responde a una lógica de exposición tradicional sino que busca mantener viva la memoria de Malvinas. La muestra se arma y desarma según el lugar, el tiempo disponible y el público. Rivero prioriza llegar a las escuelas rurales, a los pueblos más alejados, donde -según él- "Malvinas pasó sin haber pasado".
"En los pueblos, que están olvidados, los chicos ni siquiera saben que hubo una guerra en la historia contemporánea argentina. Se lo enseñan una sola vez, de pasada, como si no hubiera sucedido nada, y se termina Malvinas para chicos de los pueblitos del interior. Yo creo que lo mismo debe pasar en las distintas provincias. Sé que se intentó olvidar lo que pasó, se lo intentó apagar y sé que se desmalvinizó, por eso nosotros estamos con este proyecto todo el año, no sólo el 2 de abril", subraya.
Al hacer referencia a la canción "Muchachos", que se convirtió en el cantito de la hinchada argentina y de cada fanático de la Scaloneta, dice: "Fue una gran malvinización porque los mas jóvenes se preguntaban quienes eran esos pibes de Malvinas y nos quería conocer y nos empezaron a preguntar por lo que vivimos", dice aunque admite: "Me gustaría poder escuchar más seguido la marcha de Malvinas". Sin embargo, reconoce que a primera vez que escuchó esa canción en las tribunas de Qatar se emocionó mucho, sobre todo por sus compañeros caídos. "Ellos son los héroes".
Hoy, el museo no tiene un lugar físico porque en medio de cada intento hubo cuestiones partidarias que quedan fuera del objetivo que Ariel quiere darle a sus recuerdos. "Está guardado acá, conmigo. No podemos dejarlo en cualquier parte. Hay objetos muy valiosos, y no hablo del valor económico. Sino que son recuerdos de personas que ya no están y son una parte de nuestra historia", explica.
Conmovido, cuenta que cada encuentro con estudiantes, le renueva el sentido a su misión. "No es solo para recordar a los que estuvimos allá. Es también para que los chicos entiendan que Malvinas no fue solo una guerra. Fue una historia que sigue latiendo", afirma.
En cada una de esas charlas, Rivero responde preguntas de los estudiantes, muchas de ellas son inesperadas, otras veces difíciles de contestar: quieren saber si tuvo miedo, si se podía hablar con la familia, si hacía frío. "Fue muy duro estar allí, claro que sí. Pero lo que hicimos, lo hicimos convencidos de que íbamos a recuperar algo que sentíamos como nuestro, nuestras Islas", resume con orgullo.
Este 2 de abril, Ariel compartirá el día con sus amigos veteranos y las familias de todos. Estarán en la carpa de la Federación de Corrientes para recordar, una vez más, como desde hace más de cuatro décadas, cada nuevo aniversario del inicio de la guerra que lo marcó para siempre.
Ariel tenía 19 años y estaba terminando la carrera en la Infantería de Marina cuando su capitán le dijo que debía ir a combatir a las Islas. Había hecho su carrera como suboficial y estaba en Punta Alta, a 20 kilómetros de Bahía Blanca cuando fue llamado para integrar un cuerpo que, hasta ese momento, no tenía confirmado el destino final .
"El superior que tenía en ese momento me dijo que tenía que ir a Malvinas, a la guerra. Embarcamos como para ir a hacer entrenamiento para una campaña. Después dieron la orden de ocupación de las islas y nos comunicaron que teníamos que ir a Malvinas", revive.
Aunque ya conocía Ushuaia y darse cuenta de que el suelo, y a veces el aire, era igual, se encontró con la desolación de la inmensidad de las islas. "Lo primero que me llamó la atención fue eso y el movimiento de tropas", recuerda. A diferencia de las unidades correntinas que venían para en combate por tierra, el tiempo de estudio y preparación que él sí tuvo como infante de marina hicieron que no padeciera tanto el clima gélido. "De alguna manera estaba acostumbrado porque todo el trayecto que hicimos, desde la escuela, en Mar del Plata, hasta cerca de Bahía Blanca, sirvió para aclimatarnos, porque en Punta Alta también hacía frío. Nosotros tuvimos buenos abrigos y soportamos el clima, incluso durmiendo en las carpas individuales", cuenta.
Ariel dice que pese a las primeras sensaciones al escuchar los estruendos nocturnos, con el paso de los días no quedó más que acostumbrarse a eso. "Nos adaptamos al clima, a los ruidos. Así se soportaba", asegura. En ese tiempo, le llegó solo una carta de su familia. "Después comenzó el bloqueo aéreo y no recibimos nada más. Se bloqueó todo el sistema de comunicaciones, por eso no recibimos nada de lo que se juntó en las campañas para ayudarnos. El bloqueo fue aéreo y naval. Habrán llegado dos o tres conteiners. Luego no hubo más posibilidad de que llegara nada".
El 14 de junio, Ariel se dio cuenta de que la guerra había llegado a su fin. "Ese día sentí que era el momento de la rendición. De ahí en adelante, todo el trago amargo... Después llegó nuestro regreso al Continente y lo viví mal por cómo nos trajeron, por cómo llegamos. Lo único reconfortante fue volver a ver a la familia; luego..., ¿Para qué acordarme? ¡Fue duro!", dice conmocionado.
No pasó mucho tiempo para volver a ponerse en contacto con sus compañeros de batalla. "Pese a lo que costaba la comunicación en esos años, no dejamos de vernos. Hay cosas que sólo se pueden compartir con quienes vivieron lo mismo. Es una herida, pero me queda el orgullo de todo lo que viví porque lo que hicimos fue algo digno. Quienes quedaron allá fueron dignos y eso no hay que olvidarlo nunca. Pudo haber errores, como en cualquier guerra, como en la historia de la humanidad, que está llena de errores; pero los que peleamos allá fuimos convencidos de poder hacerlo bien", finaliza.
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